peluquería

La frase inocente, el marido, la mujer, la hija, el peluquero y la que escribe, que pasaba por allí.

 

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– Corta lo mínimo para sanear sin escalonar.

Parece una orden simple, fácil de llevar a cabo. Pues no lo es, porque entenderse es complicado porque es proporcional a lo complicado que es hablar.

-Mira, ahora está de moda llevar flequillo y melena recta a lo setenta´s porque algún ente inmortal ha dicho que es tendencia, y si eso no te gusta entonces hay que hacer capas porque tienes el pelo rizado, y yo ya he cortocircuiteado porque eres la cabeza 47 a la que atiendo pero no escucho, hoy.

La “in-conversación” se interrumpe: Una mujer de pelo perfectamente liso, más liso y rubio y bonito no se puede tener, acaba de entrar junto a su hija/siamesa y su marido, que a vistazo rápido no va hecho ni tiene pinta de dandy.

Quieren pedir cita, sólo para lavar y peinar. Al marido será, pienso ingenuamente, pero no, no no, si llueve sobre mojado también peina sobre peinado.

A última hora de la tarde hay un hueco para exceder los límites de la perfección, para poner a prueba a todas las deidades que deben iluminar tal gesta. El peluquero batirá una nueva marca, la mujer rubia y su hija se sienten aliviadas, porque es posible lo increíble, y el señor esposo, en lugar de hacer mutis, porque a él no tiene que retocarle nadie, destrozando todo pronóstico, espeta:

– Déjamela como si volviera a tener 20 años.

La reacción es homogénea y comunitaria: madre, padre, hija y peluquero ríen a mandíbula desencajada. Yo no río, pero me incluyo en el grupo de los desmandibulados, porque me desencajo igualmente ante una frase espeluznante que ha perdido el sentido original.

Como no sabemos hablar se practica la afición popular consistente en: Insistir en arrojar frases que hemos aprendido a colocar en momentos concretos del diálogo, y después… desvincularse de la responsabilidad del efecto que causan.

La mujer rubia, esbelta y elegante, pero caduca, ¿no cae? Sí ya sé, sí, su marido desaseado, perenne, y cumbre de la credibilidad estética, bromea, pero lanza un yugo de lozanía impracticable que desemboca en acudir a un profesional para que te peine unos pelos que ya están peinados, colocados, obligados en su sitio.

Aparquemos al marido, total, nosabehablar y su mujer y su hija nolescuchan y por eso se lanzan al reír, porque se supone que es mejor que llorar, aunque riendo… de alguna manera se asoma el instinto, la dentadura de la hiena.

La mujer rubia sabe peinarse sola, no cabe duda,  pero no conseguirá aparentar los 20 años que hace 30 años que no tiene. Incontables mensajes recibidos de dispares procedencias le han generado esa inquietud que  no ha escogido, ni valorado, pero la han arrojado hasta ella, con frases como esta y todas sus primas hermanas lingüísticas.

No pierde la esperanza, el mundo la alienta a luchar contra la caducidad, y ella alentará a su hija, y así sucesivamente para poder alejarse del pánico impuesto que da esa franja de edad  en la que las mujeres se tornan invisibles.  Antes nos manipulaban con el Coco, un señor con un saco, criaturas en general… Eran mentiras igual de macabras, pero al menos resultaban ajenas y externas y podías acobardarte despeinada. Ahora nos atemorizan con dos cifras desalmadas y afiladas, brillan y todo y chirrían: un cuatro y un cero. (Lo escribo porque si lo plasmo en dígito no dormimos ninguna).

Los peluqueros no me entienden.

Lo llevo estupendamente.