katsikas

Un artículo sobre el olvido

“Entonces Helena, hija de Zeus, ordenó otra cosa. Echó en el vino que estaban bebiendo una droga contra el llanto y la cólera, que hacía olvidar todos los males. Quien lo tomare, después de mezclarla en la crátera, no logrará que en todo el día caiga una sola lágrima en las mejillas” (La Odisea)

 

Los seres humanos utilizan dos procesos para olvidar: la supresión y la sustitución.
Dos mecanismos distintos causan el olvido: el primero interrumpe el proceso de recuperación de recuerdos, y el segundo permite sustituir los eventos desagradables por otros.

El olvido actúa para que el nivel de angustia sea algo soportable. Olvidar y sustituir para seguir cuerdos, es la única herramienta de la que disponen el más de un millón de refugiados que han llegado a Grecia desde 2015. Y digo cuerdos, y me parece inexacto, porque estas personas no escaparán del lastre emocional y sensorial que acarrea su éxodo. Y digo éxodo, y me parece también inexacto, porque la intención era buscar un nuevo lugar para restablecerse, pero esa marcha fue una huida dilatada y sin descanso de la muerte, en todas sus facetas: la literal en primer lugar, la metafórica en segundo, y por último, cuando les hicieron creer que estaban a salvo, tuvieron que enfrentarse también a la muerte emocional.

Cuando escaparon de la muerte de verdad, tuvieron que atravesar montañas durante días, bajo temperaturas extremas y nadar durante horas por ríos congelados. Aún empapados, corrieron entumecidos por el bosque, como animales, despistando a la policía, que tras la cacería les enviaría directamente a prisión para después deportarles. Los que consiguieron escapar, pensaron en dejarse morir cuando el corazón les reventaba de tanto correr, por tanto cortisol y adrenalina, debido a la ansiedad y el estrés que genera el peligro.   Habiendo llegado tan lejos descartaron acudir a un médico para no ser denunciados, por tanto esperaron a que ese dolor no fuera realmente un infarto de miocardio. Aún físicamente vivos, pagaron por una balsa compartida, y rezaron y lloraron sin espacio para moverse, mojados de nuevo, aún más helados, en la más profunda oscuridad. Finalmente, aunque ya se habían muerto por dentro, aproximadamente unos 1200 de ellos, desembocaron en un campo de refugiados, lleno de piedras. Unas piedras de diez centímetros de diámetro como mínimo, que les evocaba sin tregua su inestabilidad, su falta de equilibrio.

Desde hace siete meses, los habitantes de Katsikas Camp, son meros funambulistas que luchan y pierden demasiadas veces al día la batalla con su mente.
En este lugar hay una gesta que va más allá de conseguir alimentos frescos, cubrir las necesidades primarias o lograr acostumbrarse  a hacerlo todo a ras del suelo. Hacer todas las actividades cotidianas de cuclillas es una metáfora cruel. Cómo dejar atrás todo lo que has visto caer, a todos tus difuntos, cuando pasas a vivir de rodillas.

Esta lucha la comparten voluntarios y refugiados: No enloquecer. Y es muy fácil enloquecer cuando lo único que te queda legítimo son libertad y esperanza, y éstas, usurpadas, han pasado a manos de otros. Desconcertante. Cómo se pueden expoliar valores etéreos. Y digo expoliar, y me parece exacto. Cómo les convences ante tal aberración que siguen siendo personas vivas. Cómo manejas tal dimensión sin sentirte profundamente absurdo, sin perder el foco,  pues tú también, en el momento que entras a este lugar absorbes todo. Ellos cargan con su pena, y digo pena, pero debería decir trance, o coma emocional; pero tú conectas con todas sus penas, y te sobrepasas, y te sientes inútil, porque son demasiadas voces clamando la misma barbarie, en un idioma que no conoces, pero entiendes perfectamente.

Salvaguardar la salud mental es un objetivo  profundo y compartido. Resucitar un día lleno de horas muertas sólo se consigue porque se crea una “comunidad”, se forja la tribu.  Se crean nuevos lazos que te aíslan de alguna manera del desconsuelo, del propio y del ajeno. Se crean nuevos vínculos por medio del acompañamiento, y se crean nuevas experiencias volviendo en manada al mar, al río, a la montaña. Es un nuevo río, un nuevo mar, una nueva montaña, y solo formando parte de la comunidad consigues perdonar al escenario de un dolor anterior. Llega la sustitución de un viejo recuerdo por uno nuevo. La comunidad es lo que nos sostiene, tan fuertemente, que muchos se niegan abandonar el campo hasta que no se regularice la situación, porque no soportarían además, sentirse aislados.

A lo único a lo que no se sobrevive es a estar solo. La desesperación se esquiva acompañado, cuando te sientes parte de un lugar y compartes un objetivo común. La comunidad lo ha demostrado. Son Superhumanos.
Gracias a todos y cada uno de los miembros de la tribu, a todos los que han mantenido y mantienen este “microclima” que no es más que nuestra propia interpretación de la estabilidad. Este equilibrio donde no nos hemos sentido solos y por eso hemos podido olvidar.  Y digo olvidar, pero es una versión del olvido que permite mantenerte con vida, y poco a poco recuperar la fe.
Tenemos fe y conservamos la vida. No es poco.

 

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Fotografía de Ignacio Gómez.

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