campos de refugiados

Una aproximación a la perspectiva de género en los campos de refugiados: rompiendo clichés neocolonialistas.

 

agua

 

Sitúate en un momento en el que no hayas tenido luz y agua durante horas, o improvisa cómo funcionarías ante un corte indeterminado. Personalmente, recuerdo cada día de la completa semana que pasé sin suministros en mi casa. Un incendio en el bajo del edificio, provocó una avería que activó todo un ejercicio de creatividad y búsqueda de alternativas. La imposibilidad de fregar o asearme era medianamente llevable durante el día, pero se agravaba al llegar la noche, porque tenía que  cargar con una lámpara recargable para hacerlo todo.  Aun así, el verdadero problema estaba en las cañerías: no podía usar el WC bajo ningún concepto, y mucho menos desechar por él las aguas residuales. Lo cierto es que ante la total incomodidad, las distancias a recorrer eran escasas y sobre un suelo liso. Me sentía muy molesta, pero el espacio era mío y por tanto me encontraba muy segura. A pesar de las circunstancias y mi vulnerabilidad, pude sortear tantas molestias en intimidad y con   la certeza de que esa situación terminaría.

Las mujeres que llegaron a los campos de refugiados, no tuvieron tanta suerte. Donde yo tenía paredes, un par de metros, pavimento y cero testigos, ellas contaban con cremalleras a cuenta de puertas, público y distancias sobre pedruscos, que debían afrontar cada vez que necesitaban un grifo.

¿Cómo realizas las tareas domésticas sin agua y a veces sin luz dentro de una tienda de campaña? Tareas domésticas… es casi insultante. Pues las realizas fuera de ella, cargando platos, cubiertos, ollas, ropas, alimentos, lo que sea, y transportando todo como puedas haciendo malabarismos por las piedras, hasta la manguera más cercana. Si por pura potra te pilla a menos de veinte metros de tu tienda y además puedes tirar de tus hijas mayores de seis años, fenomenal. Si de varones consta tu prole, enfílate tú solita. Trata de no tropezar, haz cola y espera tu turno para fregar con agua helada todo tu ajuar de plástico. A ver cómo sale la grasa, porque además no te han dado el jabón bueno que solías comprar, pero da gracias y no seas ingrata. Afronta sin desesperarte demasiado cada colada familiar, o lo que sea que necesites enjuagar o lavar soportando las inclemencias ambientales. Y todo esto de cuclillas y por primera vez en tu vida, porque ya no tienes electrodomésticos, ni fregadero, ni lavabo, ni cocina, ni salida.

Haced esto cinco días seguidos. A ver cómo quedan vuestras rodillas, vuestras piernas, vuestras manos, vuestro asco de vivir. Y mientras, tratad de no recordar cómo visteis y oísteis y sentisteis caer todo vuestro mundo. Frota, enjabona y no pienses en cómo le reventaron la cabeza a tu hermano o en el día que secuestraron a las niñas de tu barrio. Cuando acabes, vete a hacer la cena y atiende a tu marido, que está deprimido, tumbado en ese lugar donde dormís. Quizá hoy con algo de suerte no vuelva a intentar convencerte de tener otro hijo mientras los otros tres duermen en el mismo mono ambiente. Mono ambiente… es insultante.

Para paliar la crudeza de tanta injusticia y abuso, los voluntarios y voluntarias que acudimos con toda nuestra buena voluntad a un campo de refugiados, tratamos de crear espacios exclusivamente femeninos donde las mujeres puedan encontrarse y asearse, sintiéndose un poco más  libres y seguras. Una opción es construir un “hammam” y solo es posible si los militares y las fuerzas de autoridad lo permiten (el tiempo que lo permitan)  y mientras las ONGS que organizan las estructuras lo consideren oportuno.

En un baño árabe, las mujeres tienen donde reunirse y charlar. Se maquillan, se pintan las uñas, se dan masajes, se quitan el hiyab, se quitan los pelos, las canas, las penas…  Hasta que un día alguien pone sobre la mesa que se está apoyando una gran frivolidad. Se empieza a dar vueltas al tema de la estética desde una perspectiva que no permite conciliación, pues al parecer esa necesidad no es básica para algunos, y poco a poco ellas vuelven a perder un espacio imprescindible y legítimo, porque está gestionado externamente. Una vez más las mujeres se diluyen sin remedio por medio del discurso. En este caso un discurso ajeno.

¿En qué momento nos atrevemos a crear un debate respecto a la utilidad y relevancia de un espacio que no usaremos nosotros y que tanto necesitan ellas? No importa la respuesta, porque la lógica desde la que se está planteando esa pregunta no proviene del colectivo afectado, sino del que lo regula. La controversia solo sería adecuada si viniera por parte de las mujeres de la comunidad. ¿Cómo llega a ser polémica la intimidad que necesita una mujer de otras culturas en un campo de refugiados? ¿Un lugar donde poder hidratar y mimar tu cuerpo castigado puede llegar a ser objeto de debate?

La labor de las ONGS es salvaguardar la identidad ante la opresión y propiciar materiales y actividades acopladas y acordadas con las refugiadas. Solo de ese modo éstas pueden sobrellevar la incomodidad y la inseguridad con dignidad y potestad. Todo lo demás, no es asunto nuestro, pero termina siéndolo, porque las realidades individuales que interactúan son inabarcables y, las capacidades personales muy limitadas por el dolor que sufrimos todas las partes.

En los campos de refugiados hay varios escalones jerárquicos que aplican su preponderancia sobre su antecedente: Militares-autoridades locales/ ONGS/ Voluntarios/ sirios/kurdos/afganos/ jazidies. Por encima de todos estos entes sobrevuela algo que el ser humano ha llamado “religión” y que los occidentales han posicionado como única y verdadera su versión de ésta: el catolicismo. Para lograrlo (entre otras acciones en el pasado) han aprovechado  la degenerada interpretación del radicalismo islámico, el miedo de la población y el desconocimiento de la misma, para demonizar la doctrina primigenia del islam. Todo ello, patrocinado por los intereses políticos de ambos lados y bandos: oriente y occidente.
El sociólogo Ramón Grosfoguel lo denomina “sistema-mundo moderno”. Un sistema colonial, capitalista, patriarcal, sexista, racista, blanco, militar, cristianocéntrico y occidentalocéntrico. Quiero decir (y esto es resumir mucho): ACNUR coge un puñado de seres de distintas etnias y les suelta en un entorno regulado de manera aleatoria, donde pequeñas ONGS afrontan tal crueldad como mejor pueden, así que se  les organiza según la cosmovisión occidental. Les obligamos a funcionar bajo nuestra lógica y metodología, pues mantener un equilibrio y un reparto justo de los recursos ante el horror, conlleva adquirir el rol de cuidador y juez para evitar conflictos. Proporcionarles autonomía para que gestionen sus recursos y algún tipo de cotidianeidad es extremadamente costoso. Dependen incluso de nuestro estado de ánimo, pues quizá ante una distribución de alimentos, mi cansancio como voluntaria blanca, me lleva a resolver a mi manera lo que yo considero que es un exceso de demanda, o falta de respeto o de ley. Tenga o no tenga razón lo que sí tengo son las llaves del almacén y de las furgonetas. Me guste o no, quiera o no, estoy en un escalón superior porque yo raciono las donaciones, los tiempos y lo más importante: puedo entrar y salir cuando quiera. Por eso y sin darnos cuenta les damos lecciones. Les juzgamos por sus velos o costumbres y encima pretendemos liberalizar a las mujeres artificialmente según nuestros criterios; obviando completamente que una sociedad que carece de derechos, es una sociedad que oprimirá a los catalogados como el sexo débil. Por muy buena intención que tengamos, no podemos establecer estrategias de luchas globales, cuando se ejerce control entre iguales y las relaciones que se establecen son de poder.

Todo ello se materializa en los campos de refugiados griegos, donde hay estructuras visibles e invisibles de dominación. La mujer siria, aunque esté silenciada, también tiene a alguien por debajo: la mujer kurda, y la mujer kurda a la afgana y la afgana a la jazidí. Y los niños también tienen a quien oprimir. Hay animales que apedrear. Siempre hay otro ser bajo tu escalón. La transversalidad de la dominación es multidireccional.

La carencia de libertad que sufren las refugiadas es tal, que incluso las actividades deben ser reguladas y creadas por nosotras las voluntarias. Esa acción implica trabajar por y para ellas, no junto a ellas. Trabajar con ellas resulta laborioso e implica proporcionar una independencia que se escapa demasiadas veces de nuestras capacidades, principalmente por la barrera idiomática, pero esencialmente por las construcciones mentales que tenemos sobre lo que es y necesita una refugiada. ¿La guinda del pastel? Venir de una guerra no te convierte mágicamente en un ser excepcional si no lo eras ya, pero es que venir a ayudar, mucho menos.

Es totalmente cierto que yo disponía de poder, y mi deber era utilizar ese poder con humildad para modificar con mis acciones las acciones presentes o posibles en la comunidad, de manera productiva. Pero ¿dónde está la línea que no debo atravesar para apoderarme de una lucha que no es la mía y a la vez tender una mano por disponer de los recursos y de esa manera acompañar en la conquista de la propia autonomía?

Las mujeres han de participar y estar en los espacios, pero no podrán hacerlo mientras carezcan de derechos. La mujer blanca tras una larga lucha obtuvo una liberación social. Las mujeres árabes tienen su versión sobre la batalla contra el patriarcado, y cuanta más libertad adquieran más se propagará esa lucha. No seré yo quien les diga si el matrimonio a los 18 años es bueno o malo, o su hiyab compatible con ser feminista.  En general, ellas son mucho más libres y flexibles en cuanto a prejuicios de lo que se cree. También ven películas, navegan por internet y hasta hace poco viajaban por placer. Ninguna me pidió cubrirme delante de sus maridos, no pidieron explicaciones sobre mi estado civil, y acudieron a los talleres que se creaban sobre el cuidado infantil. Mujeres que han atravesado montañas y ríos con la sutura de la cesárea y su bebé a cuestas.

En cambio había muchas conversaciones sobre si los niños iban más o menos sucios o si pedían demasiadas mantas o ropa. Bien… miradlo desde este punto de vista: La vez número diez  en un día que tu hijo vuelve  marrano de jugar y tú sola solita sola, has hecho la colada de toda la familia a mano con agua congelada, has fregado con agua congelada, cocinado 4 veces en una fogata, calentado biberones, se ha puesto a llover a mares y la ropa que tenías tendida en la reja que cierra el campo vuelve a estar llena de barro… pues una como que se relaja con eso de la pulcritud ¿no? Y espérate, que encima te han cerrado el maldito hammam por potenciar culto a la apariencia.

Las mujeres refugiadas cargan con el shock de la guerra y además continúan con sus tareas y roles sin ningún tipo de ayuda por parte de sus iguales, en este caso sus familiares hombres. Es importante marcar que esta es la punta del iceberg: el área doméstica. La dominación que sufre la mujer refugiada es una matrioska de pérdida de identidad y un forzoso asentamiento en el No-ser, inferido por todos y cada uno de los actores y actrices con los que se cruza en el escenario: desde los voluntarios y voluntarias hasta sus propias vecinas y vecinos.  Un escenario que sirve como ejemplo matriz para poner encima de la mesa el problema real, que es la opresión , y cómo cuantos más privilegios posee un colectivo más superior se siente ante otro, que tiene menos o ninguno.

Un campo de refugiados es un ente vivo, donde se ejercen acciones voluntarias e involuntarias de sometimiento en todas direcciones. Todos y cada uno de los intérpretes, consciente e inconscientemente afrontan el día a día cruzando demasiadas veces esa delgada línea que separa la cooperación de la intromisión en el caso de las ONGS, o la de la cultura y la de “tengo más morro que espalda porque Alá me respalda” en cuanto a la identidad relacional.

El cuidado y la atención son perpetuados por mujeres, sea cual sea la cultura. El sujeto activo pacífico siempre es la mujer. Teniendo esto es común, que es lo más importante, hay que concebir luchas de liberación efectivas empezando por el respeto y la empatía de ser humano a ser humano. Tenemos que reconocer nuestra participación en los sistemas de dominación. Si no hay esa conciencia, ese dolor existencial de asumir “soy un privilegiado “, no se puede llegar a la empatía que disuelve desigualdades. Hay que incluir a los niños varones y a los hombres en el cuidado colectivo y en la emoción. No nos conformemos con un cambio unilateral. No se trata de empoderar a la mujer, sino de erradicar la subyugación. Aquellos que ejercen poder sobre otros han de ser conscientes y erradicar las formas. La transformación ha de ser en todas direcciones y sobre todos los individuos.

(Creo necesario aclarar, que los términos de este análisis no se acoplan a los miles de casos personales que se podrían plantear sino a perspectivas epistemológicas. Todos los seres humanos que estuvimos allí hicimos lo que pudimos lo mejor que supimos con la mejor de las intenciones, y ellas por su condición y circunstancias, también cruzaron la línea innumerables veces. Es muy difícil encontrar un equilibrio de trato horizontal cuando un bando cuenta con todos los privilegios y el otro con ninguno. Aun así, a pesar de la presión y el abuso que también ejercían sobre nosotras, ellas siempre se llevaron y seguirán llevándose la peor parte).

 

Gracias a Laura por compartirme su experiencia y a Irene por proponer la oportunidad de plasmar esta perspectiva. Gracias Sirin Adlbi Sibai por arrojar tanta luz.