belleza

La manada bípeda, los jabalíes, las revistas y la que escribe, que pasaba y estornudaba por allí.

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  • Cariño… hoy tendrás que maquillarte.

Madres. Esos seres categóricos que te espabilan y dan la vida con tales construcciones gramaticales sin vaselina.

Con eso del esplendor primaveral, tendemos a resfriarnos y a tirar al monte. Así que bajo el entusiasmo post-hibernal, y la congestión brutal que ningún cosmético puede camuflar, formamos manadas de paseo bucólico y gastronómico. Costumbrismo puro. Eso está muy bien, sobre todo cuando las faenas y los roles se reparten. 

Personalmente reduje mi trabajo a continuar con vida. Conseguir respirar cuando no te quedan orificios sin taponar, entretiene bastante, así que cuando tuve controlada esa labor, me dediqué a observar desde la zona más elevada del área de picnic, con un ojo en la vida real y otro en la prensa dominical.

A unos inesperados 27 grados que nadie vio venir a mediados de abril, varias familias comenzaban o terminaban sus almuerzos. Aletargadas, tampoco sospecharon que andaban en zona de paso de fauna, y en ese limbo territorial, hicieron su aparición dos rotundos jabalíes cual dos toros que entran al ruedo. Las mujeres, cogían a los niños de tres en tres, los propios y los ajenos. Los hombres recuperaban los enseres indispensables, tipo carritos de bebé, mochilas y bolsos. Coordinados como si hubiesen practicado con simulacros desde antaño, abandonaron el lugar en masa, dejando a los animales arrasar con el buffet libre.

Mientras todo esto sucedía, aunque los jabalíes no llegaron a acercarse demasiado, los varones de mi grupo fueron levantándose creando un infranqueable parapeto de superprotección. El resto de las integrantes, aunque atentas, permanecimos relativamente impasibles, pasando las hojas de las revistas, guarecidas por nuestros machos y charlando confiadas, con las viandas a resguardo.

¿La ley natural es todavía la responsable de esta distribución de las tareas de género? ¿Acaso es el cerebro reptiliano?  ¿Las hormonas? ¿O serán quizá todos esos magazines que convulsionan artículos ociosos? Un poco de todo. Pero una cosa es instinto y otra, conducta adquirida.

Este mes, la revista ELLE ha sacado su versión maculina y la ha bautizado EGO. El nombre me encanta y entusiasma por previsible. La describe así: “EGO es la revista de estilo de vida sofisticada e inteligente para hombres globales que buscan exclusividad. Desvela las claves para el hombre contemporáneo que busca lujo y diferenciación, destacando las últimas tendencia en moda, complementos, cosméticos, gastronomía, motor, tecnología, viajes…”

En cambio, a sí misma ELLE se retrata como: La revista de moda más vendida en el mundo. Su lectora es una mujer dinámica y moderna a la que le interesa todo lo que le rodea. Sus páginas la acercan al mundo de la moda, la estética, las últimas tendencias, las vanguardias culturales, los gustos sociales o cualquier avance orientado a contribuir a una mayor calidad de vida.” 

Ellos, contemporáneos e inteligentes se interesan entre otras trivialidades por la tecnología, el motor y nos defienden de las fieras. En cambio nosotras, a la moda, sin perder la calma ante una situación límite gracias a nuestro dinamismo, custodiamos la comida disfrutando de estatus y charlas.  

Rascad un poco, apenas. Arañad reflexivamente cualquier tipo de prensa, y saldrá el modelo mental que el periodismo sangra a nuestra imagen y semejanza. Mientras el ideario masculino está asentado sobre el concepto de  la sabiduría y los conocimientos, el femenino está obligado a permanecer en un universo emocional y estético. El cerebro, el raciocinio, pertenece al hombre. La belleza, el cuidado y la adquisición de algo de cultura para que podamos entretener a los demás, pertenece a las chicas. Heteras, geishas o su versión moderna: monologuistas de sala, os queremos.

Nunca tuvimos necesidad auténtica de huir o enfrentarnos a lo salvaje, porque nuestras parejas se encargaron de anestesiarnos los instintos y nosotras nos dejamos. Si hubiésemos estado sólo nosotras, habríamos  prestado más interés, obvio, pero, estando ellos, ¿para qué? Cada uno escogió su papel por pura inercia, por puro mundo dado por sentado.

Poco a poco, suavemente, a través de sus reportajes, diaria y masivamente la prensa materializa los roles masculino/femenino en los que estamos disueltos. La cultura de la mujer como escaparate al que hay que mirar, mejorar, disfrazar, despierta el deber ocultar con potingues las secuelas de un resfriado. Adonis de la sala, levanten la mano si esa inquietud os ataca cuando enfermáis.

Lo llevo estupendamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La portera, la actriz, la niña, el recinto ferial y la que escribe, que pasaba por allí.

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Cuando por tercera semana consecutiva tu portera sigue insistiendo en que tienes cara de cansada, y coincide con la tercera semana consecutiva en la que te ha peinado un mono, no te has tapado las ojeras y te has vestido como si toda tu ropa yaciera dentro de un bombo… finalmente, sucumbes/contestas:

-No estoy cansada, sólo soy un poco más fea de lo que te había hecho creer durante todo este tiempo. Gracias.

Sales por la puerta y te lamentas: has vuelto a justificar el porqué de tu aspecto físico sin tener por qué; pero es que esto está montado así. Aunque te bajes de la noria sigues dentro de la feria.

Si eres mujer tendrás que dar explicaciones de los motivos por los cuales hoy tienes mala cara, si estás o no hinchada, si subiste o bajaste de peso, o mi favorita: si “te has arreglado” o “no te has arreglado”. Tanto si es por exceso como por defecto, si no llegas querrán saber por qué no has llegado, y si te pasas, chata, a saber qué andas buscando, seguro que tramas algo. Pues mira a veces sí, a veces no. El pintalabios rojo es mi tótem del mal.

Yo no sé si Uma tiene portera, (si la tiene no es tan cañera como la mía seguro) pero poco importa, como tampoco importa si era maquillaje, cirugía o brujería, o una mala foto la responsable de su apariencia inusual. Lo único cierto de todo este asunto, es que como todas las niñas, la Thurman, desde que empezó a codificar el lenguaje se ha dedicado a almacenar en su memoria continuas alusiones sobre su aspecto físico, vinieran o no a cuento.
Entender no lo entiendes mucho, sólo registras, lo normalizas y te condicionas para los restos. Casi nada.
Así es como empieza todo:

– Qué nena más guapa. Qué vestido más bonito. Qué buena eres. Qué guapa eres. Adiós nena guapa, sigue así de guapa y ¡también tus vestidos!

¿Qué ocurre adultos del mundo? Descubrís el fuego, la penicilina, internet, el vino tinto (gracias) y el recurrente sencillísimo y más que suficiente Hola, qué tal, cómo te va, resulta imposible de llevar a cabo ante cualquier fémina que no supere el metro diez.

Cuando superas el metro cincuenta, Guapa lo tienes grabado a lacre, así que no puedes defraudar a tu público, y sin haberlo pensado conscientemente ni una sola vez, un día descubres que en lugar de asearte, te “arreglas para” o “te arreglas porque” sin saber muy bien qué tienes desarreglado, o roto o estropeado.

Miren ustedes, a mí lo que me fastidia es que mi vecino sea imbécil, no que sea feo. Si es guapo mi vida no mejora, si es imbécil mi vida empeora seguro. Simple.

De todas las exigencias que se le demandan a una mujer, la más peligrosa, confusa, caótica y tramposa es la de ser y estar “guapa”, sencillamente porque esa belleza es un canon rígido e impuesto, bien lejano del equilibrio estético. Esa belleza está diseñada para generar placer a otros, y carecer de ella supone no obtener atención, perder tu trabajo o el prestigio (que se lo digan por ejemplo a todas las de las alfombras rojas).

Resumiendo, porque este asunto es inabarcable y manido por irresoluble: Si no estás “guapa” no eres follable y si no eres follable no tienes poder.  Y esto último es lo más inquietante: Poder… ¿Poder para qué?
Si desean salir del recinto ferial, no es necesario que corran, háganlo ordenadamente y no hablen con los niños, déjenlos en paz.

Lo llevo estupendamente.

Diego del martes (donde dije digo….)

Como muestra unos botones, pero hay muchos más, está de moda:



Se han pasado décadas trabajando un prototipo de belleza inasequible. Prototipo legitimizado que me encantaría saber bajo qué autoridad y baremos. Inasequible sencillamente por la maravillosa condición de la magia de la biología. Ella es la que se encarga de hacernos irrepetibles, va de serie, pero es la publicidad la que alude tal obviedad porque le conviene actualmente.

Atrapadas en nombre de la aceptación y bajo una estética asimilada, ajena, de otros, empezamos a diluirnos, a parecernos morbosamente. Nos aclimatamos a todo lo que escuchamos.

Ahora que ya vagábamos infectadas, con la voluntad desmayada, tratando de ayudarnos con pócimas diferentes para cada centímetro cuadrado del cuerpo y unas pautas de comportamiento diseñadas para agradar, aunque no nos agrade… Ahora, cuando casi casi estábamos adaptadas, cuando creíamos tener controlado el rasero de la belleza universal va y resulta, de repente, a golpe de inspiración de un creativo publicitario, que nuestra hermosura es primigenia, que ya somos bellas ¡que no hace falta aditivo alguno! (bueno, pavo y agua embotellada sí).
Todos los potingues, frustraciones, aspiraciones y derivados que cohabitan en cajones y armarios y sesera, ya no son más ni justos ni necesarios (bueno, pavo y agua embotellada sí). La melena rubia, la boca carnosa y rutilante que se consigue con una cosa que llaman “gloss”, el cuerpo firme y voluptuoso junto a los escotes ingrávidos, son tergiversaciones que hicimos, lo entendimos mal durante años, será posible, qué tontas…

Los medios de comunicación se han dado cuenta de que se venden más “tarros” rascando lo intangible, erizando pelos con mensajes sensacionalistas, para de ese modo alejarse del bajo latido de la autoestima que han ido labrando apestando a azufre.
Somos lo que somos, porque ya somos señera. Nuestra singularidad ahora ha de rebelarse contra lo estereotipado. Gracias por recordárnoslo.

Lo llevo estupendamente.