La impaciencia, el coche que se cala, la valla publicitaria, y la que escribe, que pasaba por allí.

Al volante se sufre una chocante degeneración mental popular.

Te expones a toda clase de impactos cuando te desplazas. El trance comienza con el movimiento.

Que tu otorrinolaringólogo  te guarde y cure de la eclosión de tu tímpano como no hayas advertido que el semáforo ya está en verde. Si se tienen que meter contigo que sea con motivo, así que no costará mucho que se te cale el coche. Añade un terapeuta que borre con electroshock los dedos corazón levantados que te adelantan por ambos costados y carriles.

No sabes cómo pero has activado sin querer el limpiaparabrisas. No ayuda pero consuela: ya que estás le das al flis flis del agua. Quizá así lo veas todo más claro. Levantas la vista y ahí está, la que faltaba, Palabra de Valla Publicitaria:

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Hete aquí la falsa inocencia de la metáfora, la que ha anestesiado e insensibilizado al humor más sentido. Con ella tenemos que reírnos de todo, de hecho yo me troncho con las guerras del verano: Siria, Irak, Gaza, Colombia, Ucrania, Afganistán, Centro Comercial y encontrar antes que nadie los zapatos más baratos… me troncho, claro que sí.

Podéis pitar todo lo que queráis.

El carácter icónico y simbólico del lenguaje nos ayuda diluir barbaridades conceptuales. Quizá la capacidad de escabullirse de la literalidad sea un maravilloso mecanismo de defensa, pero esa evasión del sentido y del significado que nos aleja del impacto, a la vez, una vez más nos insensibiliza.

De esa manera se construye esta clase de argumentos de venta, tranquilamente, mientras millones de personas huyen con sus pies (no con su mente) despavoridas delante de los tanques y no detrás de las gangas.

Nosotros, creadores de significados, productores de congruencia (y de todo lo contrario), qué rápido olvidamos que con nuestras palabras forjamos patrones de comportamiento, permitiéndonos enlazar conceptos acogiéndonos a sagrado, ese retorcido ingenio que nos convierte en zombis lingüísticos. Hablamos por hablar, disparamos sin más. Nuestra metralleta léxica se orienta por la organización de nuestro ideario enconado.

A la guerra no se va ni aunque ganes. Ni a la santa, ni a la fría, ni a la de ondas ni a la de precios. No se va a la guerra ni en rebajas. Tampoco a la de espuma, acabas con los ojos en llamas por el jabón, y terminas inclinando la balanza: no compensa.
Todo lo que venga de una guerra, de cualquiera de sus variantes, es absolutamente inconveniente. Implica la existencia de un opresor y un oprimido, aunque se cambien los papeles y se turnen víctimas y verdugos, aunque la guerra sea de números.

Vivimos en el territorio del sentido. Podéis seguir pitando lo que queráis. Podéis ir en paz.

Lo llevo estupendamente.

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Diego del martes (donde dije digo….)

Como muestra unos botones, pero hay muchos más, está de moda:



Se han pasado décadas trabajando un prototipo de belleza inasequible. Prototipo legitimizado que me encantaría saber bajo qué autoridad y baremos. Inasequible sencillamente por la maravillosa condición de la magia de la biología. Ella es la que se encarga de hacernos irrepetibles, va de serie, pero es la publicidad la que alude tal obviedad porque le conviene actualmente.

Atrapadas en nombre de la aceptación y bajo una estética asimilada, ajena, de otros, empezamos a diluirnos, a parecernos morbosamente. Nos aclimatamos a todo lo que escuchamos.

Ahora que ya vagábamos infectadas, con la voluntad desmayada, tratando de ayudarnos con pócimas diferentes para cada centímetro cuadrado del cuerpo y unas pautas de comportamiento diseñadas para agradar, aunque no nos agrade… Ahora, cuando casi casi estábamos adaptadas, cuando creíamos tener controlado el rasero de la belleza universal va y resulta, de repente, a golpe de inspiración de un creativo publicitario, que nuestra hermosura es primigenia, que ya somos bellas ¡que no hace falta aditivo alguno! (bueno, pavo y agua embotellada sí).
Todos los potingues, frustraciones, aspiraciones y derivados que cohabitan en cajones y armarios y sesera, ya no son más ni justos ni necesarios (bueno, pavo y agua embotellada sí). La melena rubia, la boca carnosa y rutilante que se consigue con una cosa que llaman “gloss”, el cuerpo firme y voluptuoso junto a los escotes ingrávidos, son tergiversaciones que hicimos, lo entendimos mal durante años, será posible, qué tontas…

Los medios de comunicación se han dado cuenta de que se venden más “tarros” rascando lo intangible, erizando pelos con mensajes sensacionalistas, para de ese modo alejarse del bajo latido de la autoestima que han ido labrando apestando a azufre.
Somos lo que somos, porque ya somos señera. Nuestra singularidad ahora ha de rebelarse contra lo estereotipado. Gracias por recordárnoslo.

Lo llevo estupendamente.

La distracción, usted, el camarero, el cartero, todos los figurantes y la que escribe, que pasaba por allí.

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Usted no lo sabe, pero usted y yo hemos muerto hoy, durante varios instantes, y no es la primera vez.

Usted y yo hemos muerto hoy de nuevo, y ayer también morimos y, no hemos sido los únicos. No hemos muerto solos durante varios instantes, qué va. En el bar, mientras se consumía lo que se servía, se han volatilizado todos los presentes, junto al guardia y el cartero y demás figurantes urbanos, a eso de las 11 por ejemplo, o qué más da la hora, si no nos hemos dado cuenta. Probablemente el estruendo de la momentánea desaparición general, ha sido camuflado por las miradas torcidas hacia nuestras pantallas o quehacer habitual. Estábamos distraídos, y eso quizá es una especie de suerte, no darse cuenta de que nos ha alcanzado la muerte; esa clase de muerte que no te desploma contra el suelo, sino esa variedad que te hace creerte lejano y desvinculado e incluso a salvo, de la muerte de verdad.

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La frase inocente, el marido, la mujer, la hija, el peluquero y la que escribe, que pasaba por allí.

 

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– Corta lo mínimo para sanear sin escalonar.

Parece una orden simple, fácil de llevar a cabo. Pues no lo es, porque entenderse es complicado porque es proporcional a lo complicado que es hablar.

-Mira, ahora está de moda llevar flequillo y melena recta a lo setenta´s porque algún ente inmortal ha dicho que es tendencia, y si eso no te gusta entonces hay que hacer capas porque tienes el pelo rizado, y yo ya he cortocircuiteado porque eres la cabeza 47 a la que atiendo pero no escucho, hoy.

La “in-conversación” se interrumpe: Una mujer de pelo perfectamente liso, más liso y rubio y bonito no se puede tener, acaba de entrar junto a su hija/siamesa y su marido, que a vistazo rápido no va hecho ni tiene pinta de dandy.

Quieren pedir cita, sólo para lavar y peinar. Al marido será, pienso ingenuamente, pero no, no no, si llueve sobre mojado también peina sobre peinado.

A última hora de la tarde hay un hueco para exceder los límites de la perfección, para poner a prueba a todas las deidades que deben iluminar tal gesta. El peluquero batirá una nueva marca, la mujer rubia y su hija se sienten aliviadas, porque es posible lo increíble, y el señor esposo, en lugar de hacer mutis, porque a él no tiene que retocarle nadie, destrozando todo pronóstico, espeta:

– Déjamela como si volviera a tener 20 años.

La reacción es homogénea y comunitaria: madre, padre, hija y peluquero ríen a mandíbula desencajada. Yo no río, pero me incluyo en el grupo de los desmandibulados, porque me desencajo igualmente ante una frase espeluznante que ha perdido el sentido original.

Como no sabemos hablar se practica la afición popular consistente en: Insistir en arrojar frases que hemos aprendido a colocar en momentos concretos del diálogo, y después… desvincularse de la responsabilidad del efecto que causan.

La mujer rubia, esbelta y elegante, pero caduca, ¿no cae? Sí ya sé, sí, su marido desaseado, perenne, y cumbre de la credibilidad estética, bromea, pero lanza un yugo de lozanía impracticable que desemboca en acudir a un profesional para que te peine unos pelos que ya están peinados, colocados, obligados en su sitio.

Aparquemos al marido, total, nosabehablar y su mujer y su hija nolescuchan y por eso se lanzan al reír, porque se supone que es mejor que llorar, aunque riendo… de alguna manera se asoma el instinto, la dentadura de la hiena.

La mujer rubia sabe peinarse sola, no cabe duda,  pero no conseguirá aparentar los 20 años que hace 30 años que no tiene. Incontables mensajes recibidos de dispares procedencias le han generado esa inquietud que  no ha escogido, ni valorado, pero la han arrojado hasta ella, con frases como esta y todas sus primas hermanas lingüísticas.

No pierde la esperanza, el mundo la alienta a luchar contra la caducidad, y ella alentará a su hija, y así sucesivamente para poder alejarse del pánico impuesto que da esa franja de edad  en la que las mujeres se tornan invisibles.  Antes nos manipulaban con el Coco, un señor con un saco, criaturas en general… Eran mentiras igual de macabras, pero al menos resultaban ajenas y externas y podías acobardarte despeinada. Ahora nos atemorizan con dos cifras desalmadas y afiladas, brillan y todo y chirrían: un cuatro y un cero. (Lo escribo porque si lo plasmo en dígito no dormimos ninguna).

Los peluqueros no me entienden.

Lo llevo estupendamente.