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Una aproximación a la perspectiva de género en los campos de refugiados: rompiendo clichés neocolonialistas.

 

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Sitúate en un momento en el que no hayas tenido luz y agua durante horas, o improvisa cómo funcionarías ante un corte indeterminado. Personalmente, recuerdo cada día de la completa semana que pasé sin suministros en mi casa. Un incendio en el bajo del edificio, provocó una avería que activó todo un ejercicio de creatividad y búsqueda de alternativas. La imposibilidad de fregar o asearme era medianamente llevable durante el día, pero se agravaba al llegar la noche, porque tenía que  cargar con una lámpara recargable para hacerlo todo.  Aun así, el verdadero problema estaba en las cañerías: no podía usar el WC bajo ningún concepto, y mucho menos desechar por él las aguas residuales. Lo cierto es que ante la total incomodidad, las distancias a recorrer eran escasas y sobre un suelo liso. Me sentía muy molesta, pero el espacio era mío y por tanto me encontraba muy segura. A pesar de las circunstancias y mi vulnerabilidad, pude sortear tantas molestias en intimidad y con   la certeza de que esa situación terminaría.

Las mujeres que llegaron a los campos de refugiados, no tuvieron tanta suerte. Donde yo tenía paredes, un par de metros, pavimento y cero testigos, ellas contaban con cremalleras a cuenta de puertas, público y distancias sobre pedruscos, que debían afrontar cada vez que necesitaban un grifo.

¿Cómo realizas las tareas domésticas sin agua y a veces sin luz dentro de una tienda de campaña? Tareas domésticas… es casi insultante. Pues las realizas fuera de ella, cargando platos, cubiertos, ollas, ropas, alimentos, lo que sea, y transportando todo como puedas haciendo malabarismos por las piedras, hasta la manguera más cercana. Si por pura potra te pilla a menos de veinte metros de tu tienda y además puedes tirar de tus hijas mayores de seis años, fenomenal. Si de varones consta tu prole, enfílate tú solita. Trata de no tropezar, haz cola y espera tu turno para fregar con agua helada todo tu ajuar de plástico. A ver cómo sale la grasa, porque además no te han dado el jabón bueno que solías comprar, pero da gracias y no seas ingrata. Afronta sin desesperarte demasiado cada colada familiar, o lo que sea que necesites enjuagar o lavar soportando las inclemencias ambientales. Y todo esto de cuclillas y por primera vez en tu vida, porque ya no tienes electrodomésticos, ni fregadero, ni lavabo, ni cocina, ni salida.

Haced esto cinco días seguidos. A ver cómo quedan vuestras rodillas, vuestras piernas, vuestras manos, vuestro asco de vivir. Y mientras, tratad de no recordar cómo visteis y oísteis y sentisteis caer todo vuestro mundo. Frota, enjabona y no pienses en cómo le reventaron la cabeza a tu hermano o en el día que secuestraron a las niñas de tu barrio. Cuando acabes, vete a hacer la cena y atiende a tu marido, que está deprimido, tumbado en ese lugar donde dormís. Quizá hoy con algo de suerte no vuelva a intentar convencerte de tener otro hijo mientras los otros tres duermen en el mismo mono ambiente. Mono ambiente… es insultante.

Para paliar la crudeza de tanta injusticia y abuso, los voluntarios y voluntarias que acudimos con toda nuestra buena voluntad a un campo de refugiados, tratamos de crear espacios exclusivamente femeninos donde las mujeres puedan encontrarse y asearse, sintiéndose un poco más  libres y seguras. Una opción es construir un “hammam” y solo es posible si los militares y las fuerzas de autoridad lo permiten (el tiempo que lo permitan)  y mientras las ONGS que organizan las estructuras lo consideren oportuno.

En un baño árabe, las mujeres tienen donde reunirse y charlar. Se maquillan, se pintan las uñas, se dan masajes, se quitan el hiyab, se quitan los pelos, las canas, las penas…  Hasta que un día alguien pone sobre la mesa que se está apoyando una gran frivolidad. Se empieza a dar vueltas al tema de la estética desde una perspectiva que no permite conciliación, pues al parecer esa necesidad no es básica para algunos, y poco a poco ellas vuelven a perder un espacio imprescindible y legítimo, porque está gestionado externamente. Una vez más las mujeres se diluyen sin remedio por medio del discurso. En este caso un discurso ajeno.

¿En qué momento nos atrevemos a crear un debate respecto a la utilidad y relevancia de un espacio que no usaremos nosotros y que tanto necesitan ellas? No importa la respuesta, porque la lógica desde la que se está planteando esa pregunta no proviene del colectivo afectado, sino del que lo regula. La controversia solo sería adecuada si viniera por parte de las mujeres de la comunidad. ¿Cómo llega a ser polémica la intimidad que necesita una mujer de otras culturas en un campo de refugiados? ¿Un lugar donde poder hidratar y mimar tu cuerpo castigado puede llegar a ser objeto de debate?

La labor de las ONGS es salvaguardar la identidad ante la opresión y propiciar materiales y actividades acopladas y acordadas con las refugiadas. Solo de ese modo éstas pueden sobrellevar la incomodidad y la inseguridad con dignidad y potestad. Todo lo demás, no es asunto nuestro, pero termina siéndolo, porque las realidades individuales que interactúan son inabarcables y, las capacidades personales muy limitadas por el dolor que sufrimos todas las partes.

En los campos de refugiados hay varios escalones jerárquicos que aplican su preponderancia sobre su antecedente: Militares-autoridades locales/ ONGS/ Voluntarios/ sirios/kurdos/afganos/ jazidies. Por encima de todos estos entes sobrevuela algo que el ser humano ha llamado “religión” y que los occidentales han posicionado como única y verdadera su versión de ésta: el catolicismo. Para lograrlo (entre otras acciones en el pasado) han aprovechado  la degenerada interpretación del radicalismo islámico, el miedo de la población y el desconocimiento de la misma, para demonizar la doctrina primigenia del islam. Todo ello, patrocinado por los intereses políticos de ambos lados y bandos: oriente y occidente.
El sociólogo Ramón Grosfoguel lo denomina “sistema-mundo moderno”. Un sistema colonial, capitalista, patriarcal, sexista, racista, blanco, militar, cristianocéntrico y occidentalocéntrico. Quiero decir (y esto es resumir mucho): ACNUR coge un puñado de seres de distintas etnias y les suelta en un entorno regulado de manera aleatoria, donde pequeñas ONGS afrontan tal crueldad como mejor pueden, así que se  les organiza según la cosmovisión occidental. Les obligamos a funcionar bajo nuestra lógica y metodología, pues mantener un equilibrio y un reparto justo de los recursos ante el horror, conlleva adquirir el rol de cuidador y juez para evitar conflictos. Proporcionarles autonomía para que gestionen sus recursos y algún tipo de cotidianeidad es extremadamente costoso. Dependen incluso de nuestro estado de ánimo, pues quizá ante una distribución de alimentos, mi cansancio como voluntaria blanca, me lleva a resolver a mi manera lo que yo considero que es un exceso de demanda, o falta de respeto o de ley. Tenga o no tenga razón lo que sí tengo son las llaves del almacén y de las furgonetas. Me guste o no, quiera o no, estoy en un escalón superior porque yo raciono las donaciones, los tiempos y lo más importante: puedo entrar y salir cuando quiera. Por eso y sin darnos cuenta les damos lecciones. Les juzgamos por sus velos o costumbres y encima pretendemos liberalizar a las mujeres artificialmente según nuestros criterios; obviando completamente que una sociedad que carece de derechos, es una sociedad que oprimirá a los catalogados como el sexo débil. Por muy buena intención que tengamos, no podemos establecer estrategias de luchas globales, cuando se ejerce control entre iguales y las relaciones que se establecen son de poder.

Todo ello se materializa en los campos de refugiados griegos, donde hay estructuras visibles e invisibles de dominación. La mujer siria, aunque esté silenciada, también tiene a alguien por debajo: la mujer kurda, y la mujer kurda a la afgana y la afgana a la jazidí. Y los niños también tienen a quien oprimir. Hay animales que apedrear. Siempre hay otro ser bajo tu escalón. La transversalidad de la dominación es multidireccional.

La carencia de libertad que sufren las refugiadas es tal, que incluso las actividades deben ser reguladas y creadas por nosotras las voluntarias. Esa acción implica trabajar por y para ellas, no junto a ellas. Trabajar con ellas resulta laborioso e implica proporcionar una independencia que se escapa demasiadas veces de nuestras capacidades, principalmente por la barrera idiomática, pero esencialmente por las construcciones mentales que tenemos sobre lo que es y necesita una refugiada. ¿La guinda del pastel? Venir de una guerra no te convierte mágicamente en un ser excepcional si no lo eras ya, pero es que venir a ayudar, mucho menos.

Es totalmente cierto que yo disponía de poder, y mi deber era utilizar ese poder con humildad para modificar con mis acciones las acciones presentes o posibles en la comunidad, de manera productiva. Pero ¿dónde está la línea que no debo atravesar para apoderarme de una lucha que no es la mía y a la vez tender una mano por disponer de los recursos y de esa manera acompañar en la conquista de la propia autonomía?

Las mujeres han de participar y estar en los espacios, pero no podrán hacerlo mientras carezcan de derechos. La mujer blanca tras una larga lucha obtuvo una liberación social. Las mujeres árabes tienen su versión sobre la batalla contra el patriarcado, y cuanta más libertad adquieran más se propagará esa lucha. No seré yo quien les diga si el matrimonio a los 18 años es bueno o malo, o su hiyab compatible con ser feminista.  En general, ellas son mucho más libres y flexibles en cuanto a prejuicios de lo que se cree. También ven películas, navegan por internet y hasta hace poco viajaban por placer. Ninguna me pidió cubrirme delante de sus maridos, no pidieron explicaciones sobre mi estado civil, y acudieron a los talleres que se creaban sobre el cuidado infantil. Mujeres que han atravesado montañas y ríos con la sutura de la cesárea y su bebé a cuestas.

En cambio había muchas conversaciones sobre si los niños iban más o menos sucios o si pedían demasiadas mantas o ropa. Bien… miradlo desde este punto de vista: La vez número diez  en un día que tu hijo vuelve  marrano de jugar y tú sola solita sola, has hecho la colada de toda la familia a mano con agua congelada, has fregado con agua congelada, cocinado 4 veces en una fogata, calentado biberones, se ha puesto a llover a mares y la ropa que tenías tendida en la reja que cierra el campo vuelve a estar llena de barro… pues una como que se relaja con eso de la pulcritud ¿no? Y espérate, que encima te han cerrado el maldito hammam por potenciar culto a la apariencia.

Las mujeres refugiadas cargan con el shock de la guerra y además continúan con sus tareas y roles sin ningún tipo de ayuda por parte de sus iguales, en este caso sus familiares hombres. Es importante marcar que esta es la punta del iceberg: el área doméstica. La dominación que sufre la mujer refugiada es una matrioska de pérdida de identidad y un forzoso asentamiento en el No-ser, inferido por todos y cada uno de los actores y actrices con los que se cruza en el escenario: desde los voluntarios y voluntarias hasta sus propias vecinas y vecinos.  Un escenario que sirve como ejemplo matriz para poner encima de la mesa el problema real, que es la opresión , y cómo cuantos más privilegios posee un colectivo más superior se siente ante otro, que tiene menos o ninguno.

Un campo de refugiados es un ente vivo, donde se ejercen acciones voluntarias e involuntarias de sometimiento en todas direcciones. Todos y cada uno de los intérpretes, consciente e inconscientemente afrontan el día a día cruzando demasiadas veces esa delgada línea que separa la cooperación de la intromisión en el caso de las ONGS, o la de la cultura y la de “tengo más morro que espalda porque Alá me respalda” en cuanto a la identidad relacional.

El cuidado y la atención son perpetuados por mujeres, sea cual sea la cultura. El sujeto activo pacífico siempre es la mujer. Teniendo esto es común, que es lo más importante, hay que concebir luchas de liberación efectivas empezando por el respeto y la empatía de ser humano a ser humano. Tenemos que reconocer nuestra participación en los sistemas de dominación. Si no hay esa conciencia, ese dolor existencial de asumir “soy un privilegiado “, no se puede llegar a la empatía que disuelve desigualdades. Hay que incluir a los niños varones y a los hombres en el cuidado colectivo y en la emoción. No nos conformemos con un cambio unilateral. No se trata de empoderar a la mujer, sino de erradicar la subyugación. Aquellos que ejercen poder sobre otros han de ser conscientes y erradicar las formas. La transformación ha de ser en todas direcciones y sobre todos los individuos.

(Creo necesario aclarar, que los términos de este análisis no se acoplan a los miles de casos personales que se podrían plantear sino a perspectivas epistemológicas. Todos los seres humanos que estuvimos allí hicimos lo que pudimos lo mejor que supimos con la mejor de las intenciones, y ellas por su condición y circunstancias, también cruzaron la línea innumerables veces. Es muy difícil encontrar un equilibrio de trato horizontal cuando un bando cuenta con todos los privilegios y el otro con ninguno. Aun así, a pesar de la presión y el abuso que también ejercían sobre nosotras, ellas siempre se llevaron y seguirán llevándose la peor parte).

 

Gracias a Laura por compartirme su experiencia y a Irene por proponer la oportunidad de plasmar esta perspectiva. Gracias Sirin Adlbi Sibai por arrojar tanta luz.

 

 

Un artículo sobre el olvido

“Entonces Helena, hija de Zeus, ordenó otra cosa. Echó en el vino que estaban bebiendo una droga contra el llanto y la cólera, que hacía olvidar todos los males. Quien lo tomare, después de mezclarla en la crátera, no logrará que en todo el día caiga una sola lágrima en las mejillas” (La Odisea)

 

Los seres humanos utilizan dos procesos para olvidar: la supresión y la sustitución.
Dos mecanismos distintos causan el olvido: el primero interrumpe el proceso de recuperación de recuerdos, y el segundo permite sustituir los eventos desagradables por otros.

El olvido actúa para que el nivel de angustia sea algo soportable. Olvidar y sustituir para seguir cuerdos, es la única herramienta de la que disponen el más de un millón de refugiados que han llegado a Grecia desde 2015. Y digo cuerdos, y me parece inexacto, porque estas personas no escaparán del lastre emocional y sensorial que acarrea su éxodo. Y digo éxodo, y me parece también inexacto, porque la intención era buscar un nuevo lugar para restablecerse, pero esa marcha fue una huida dilatada y sin descanso de la muerte, en todas sus facetas: la literal en primer lugar, la metafórica en segundo, y por último, cuando les hicieron creer que estaban a salvo, tuvieron que enfrentarse también a la muerte emocional.

Cuando escaparon de la muerte de verdad, tuvieron que atravesar montañas durante días, bajo temperaturas extremas y nadar durante horas por ríos congelados. Aún empapados, corrieron entumecidos por el bosque, como animales, despistando a la policía, que tras la cacería les enviaría directamente a prisión para después deportarles. Los que consiguieron escapar, pensaron en dejarse morir cuando el corazón les reventaba de tanto correr, por tanto cortisol y adrenalina, debido a la ansiedad y el estrés que genera el peligro.   Habiendo llegado tan lejos descartaron acudir a un médico para no ser denunciados, por tanto esperaron a que ese dolor no fuera realmente un infarto de miocardio. Aún físicamente vivos, pagaron por una balsa compartida, y rezaron y lloraron sin espacio para moverse, mojados de nuevo, aún más helados, en la más profunda oscuridad. Finalmente, aunque ya se habían muerto por dentro, aproximadamente unos 1200 de ellos, desembocaron en un campo de refugiados, lleno de piedras. Unas piedras de diez centímetros de diámetro como mínimo, que les evocaba sin tregua su inestabilidad, su falta de equilibrio.

Desde hace siete meses, los habitantes de Katsikas Camp, son meros funambulistas que luchan y pierden demasiadas veces al día la batalla con su mente.
En este lugar hay una gesta que va más allá de conseguir alimentos frescos, cubrir las necesidades primarias o lograr acostumbrarse  a hacerlo todo a ras del suelo. Hacer todas las actividades cotidianas de cuclillas es una metáfora cruel. Cómo dejar atrás todo lo que has visto caer, a todos tus difuntos, cuando pasas a vivir de rodillas.

Esta lucha la comparten voluntarios y refugiados: No enloquecer. Y es muy fácil enloquecer cuando lo único que te queda legítimo son libertad y esperanza, y éstas, usurpadas, han pasado a manos de otros. Desconcertante. Cómo se pueden expoliar valores etéreos. Y digo expoliar, y me parece exacto. Cómo les convences ante tal aberración que siguen siendo personas vivas. Cómo manejas tal dimensión sin sentirte profundamente absurdo, sin perder el foco,  pues tú también, en el momento que entras a este lugar absorbes todo. Ellos cargan con su pena, y digo pena, pero debería decir trance, o coma emocional; pero tú conectas con todas sus penas, y te sobrepasas, y te sientes inútil, porque son demasiadas voces clamando la misma barbarie, en un idioma que no conoces, pero entiendes perfectamente.

Salvaguardar la salud mental es un objetivo  profundo y compartido. Resucitar un día lleno de horas muertas sólo se consigue porque se crea una “comunidad”, se forja la tribu.  Se crean nuevos lazos que te aíslan de alguna manera del desconsuelo, del propio y del ajeno. Se crean nuevos vínculos por medio del acompañamiento, y se crean nuevas experiencias volviendo en manada al mar, al río, a la montaña. Es un nuevo río, un nuevo mar, una nueva montaña, y solo formando parte de la comunidad consigues perdonar al escenario de un dolor anterior. Llega la sustitución de un viejo recuerdo por uno nuevo. La comunidad es lo que nos sostiene, tan fuertemente, que muchos se niegan abandonar el campo hasta que no se regularice la situación, porque no soportarían además, sentirse aislados.

A lo único a lo que no se sobrevive es a estar solo. La desesperación se esquiva acompañado, cuando te sientes parte de un lugar y compartes un objetivo común. La comunidad lo ha demostrado. Son Superhumanos.
Gracias a todos y cada uno de los miembros de la tribu, a todos los que han mantenido y mantienen este “microclima” que no es más que nuestra propia interpretación de la estabilidad. Este equilibrio donde no nos hemos sentido solos y por eso hemos podido olvidar.  Y digo olvidar, pero es una versión del olvido que permite mantenerte con vida, y poco a poco recuperar la fe.
Tenemos fe y conservamos la vida. No es poco.

 

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Fotografía de Ignacio Gómez.

La manada bípeda, los jabalíes, las revistas y la que escribe, que pasaba y estornudaba por allí.

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  • Cariño… hoy tendrás que maquillarte.

Madres. Esos seres categóricos que te espabilan y dan la vida con tales construcciones gramaticales sin vaselina.

Con eso del esplendor primaveral, tendemos a resfriarnos y a tirar al monte. Así que bajo el entusiasmo post-hibernal, y la congestión brutal que ningún cosmético puede camuflar, formamos manadas de paseo bucólico y gastronómico. Costumbrismo puro. Eso está muy bien, sobre todo cuando las faenas y los roles se reparten. 

Personalmente reduje mi trabajo a continuar con vida. Conseguir respirar cuando no te quedan orificios sin taponar, entretiene bastante, así que cuando tuve controlada esa labor, me dediqué a observar desde la zona más elevada del área de picnic, con un ojo en la vida real y otro en la prensa dominical.

A unos inesperados 27 grados que nadie vio venir a mediados de abril, varias familias comenzaban o terminaban sus almuerzos. Aletargadas, tampoco sospecharon que andaban en zona de paso de fauna, y en ese limbo territorial, hicieron su aparición dos rotundos jabalíes cual dos toros que entran al ruedo. Las mujeres, cogían a los niños de tres en tres, los propios y los ajenos. Los hombres recuperaban los enseres indispensables, tipo carritos de bebé, mochilas y bolsos. Coordinados como si hubiesen practicado con simulacros desde antaño, abandonaron el lugar en masa, dejando a los animales arrasar con el buffet libre.

Mientras todo esto sucedía, aunque los jabalíes no llegaron a acercarse demasiado, los varones de mi grupo fueron levantándose creando un infranqueable parapeto de superprotección. El resto de las integrantes, aunque atentas, permanecimos relativamente impasibles, pasando las hojas de las revistas, guarecidas por nuestros machos y charlando confiadas, con las viandas a resguardo.

¿La ley natural es todavía la responsable de esta distribución de las tareas de género? ¿Acaso es el cerebro reptiliano?  ¿Las hormonas? ¿O serán quizá todos esos magazines que convulsionan artículos ociosos? Un poco de todo. Pero una cosa es instinto y otra, conducta adquirida.

Este mes, la revista ELLE ha sacado su versión maculina y la ha bautizado EGO. El nombre me encanta y entusiasma por previsible. La describe así: “EGO es la revista de estilo de vida sofisticada e inteligente para hombres globales que buscan exclusividad. Desvela las claves para el hombre contemporáneo que busca lujo y diferenciación, destacando las últimas tendencia en moda, complementos, cosméticos, gastronomía, motor, tecnología, viajes…”

En cambio, a sí misma ELLE se retrata como: La revista de moda más vendida en el mundo. Su lectora es una mujer dinámica y moderna a la que le interesa todo lo que le rodea. Sus páginas la acercan al mundo de la moda, la estética, las últimas tendencias, las vanguardias culturales, los gustos sociales o cualquier avance orientado a contribuir a una mayor calidad de vida.” 

Ellos, contemporáneos e inteligentes se interesan entre otras trivialidades por la tecnología, el motor y nos defienden de las fieras. En cambio nosotras, a la moda, sin perder la calma ante una situación límite gracias a nuestro dinamismo, custodiamos la comida disfrutando de estatus y charlas.  

Rascad un poco, apenas. Arañad reflexivamente cualquier tipo de prensa, y saldrá el modelo mental que el periodismo sangra a nuestra imagen y semejanza. Mientras el ideario masculino está asentado sobre el concepto de  la sabiduría y los conocimientos, el femenino está obligado a permanecer en un universo emocional y estético. El cerebro, el raciocinio, pertenece al hombre. La belleza, el cuidado y la adquisición de algo de cultura para que podamos entretener a los demás, pertenece a las chicas. Heteras, geishas o su versión moderna: monologuistas de sala, os queremos.

Nunca tuvimos necesidad auténtica de huir o enfrentarnos a lo salvaje, porque nuestras parejas se encargaron de anestesiarnos los instintos y nosotras nos dejamos. Si hubiésemos estado sólo nosotras, habríamos  prestado más interés, obvio, pero, estando ellos, ¿para qué? Cada uno escogió su papel por pura inercia, por puro mundo dado por sentado.

Poco a poco, suavemente, a través de sus reportajes, diaria y masivamente la prensa materializa los roles masculino/femenino en los que estamos disueltos. La cultura de la mujer como escaparate al que hay que mirar, mejorar, disfrazar, despierta el deber ocultar con potingues las secuelas de un resfriado. Adonis de la sala, levanten la mano si esa inquietud os ataca cuando enfermáis.

Lo llevo estupendamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La portera, la actriz, la niña, el recinto ferial y la que escribe, que pasaba por allí.

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Cuando por tercera semana consecutiva tu portera sigue insistiendo en que tienes cara de cansada, y coincide con la tercera semana consecutiva en la que te ha peinado un mono, no te has tapado las ojeras y te has vestido como si toda tu ropa yaciera dentro de un bombo… finalmente, sucumbes/contestas:

-No estoy cansada, sólo soy un poco más fea de lo que te había hecho creer durante todo este tiempo. Gracias.

Sales por la puerta y te lamentas: has vuelto a justificar el porqué de tu aspecto físico sin tener por qué; pero es que esto está montado así. Aunque te bajes de la noria sigues dentro de la feria.

Si eres mujer tendrás que dar explicaciones de los motivos por los cuales hoy tienes mala cara, si estás o no hinchada, si subiste o bajaste de peso, o mi favorita: si “te has arreglado” o “no te has arreglado”. Tanto si es por exceso como por defecto, si no llegas querrán saber por qué no has llegado, y si te pasas, chata, a saber qué andas buscando, seguro que tramas algo. Pues mira a veces sí, a veces no. El pintalabios rojo es mi tótem del mal.

Yo no sé si Uma tiene portera, (si la tiene no es tan cañera como la mía seguro) pero poco importa, como tampoco importa si era maquillaje, cirugía o brujería, o una mala foto la responsable de su apariencia inusual. Lo único cierto de todo este asunto, es que como todas las niñas, la Thurman, desde que empezó a codificar el lenguaje se ha dedicado a almacenar en su memoria continuas alusiones sobre su aspecto físico, vinieran o no a cuento.
Entender no lo entiendes mucho, sólo registras, lo normalizas y te condicionas para los restos. Casi nada.
Así es como empieza todo:

– Qué nena más guapa. Qué vestido más bonito. Qué buena eres. Qué guapa eres. Adiós nena guapa, sigue así de guapa y ¡también tus vestidos!

¿Qué ocurre adultos del mundo? Descubrís el fuego, la penicilina, internet, el vino tinto (gracias) y el recurrente sencillísimo y más que suficiente Hola, qué tal, cómo te va, resulta imposible de llevar a cabo ante cualquier fémina que no supere el metro diez.

Cuando superas el metro cincuenta, Guapa lo tienes grabado a lacre, así que no puedes defraudar a tu público, y sin haberlo pensado conscientemente ni una sola vez, un día descubres que en lugar de asearte, te “arreglas para” o “te arreglas porque” sin saber muy bien qué tienes desarreglado, o roto o estropeado.

Miren ustedes, a mí lo que me fastidia es que mi vecino sea imbécil, no que sea feo. Si es guapo mi vida no mejora, si es imbécil mi vida empeora seguro. Simple.

De todas las exigencias que se le demandan a una mujer, la más peligrosa, confusa, caótica y tramposa es la de ser y estar “guapa”, sencillamente porque esa belleza es un canon rígido e impuesto, bien lejano del equilibrio estético. Esa belleza está diseñada para generar placer a otros, y carecer de ella supone no obtener atención, perder tu trabajo o el prestigio (que se lo digan por ejemplo a todas las de las alfombras rojas).

Resumiendo, porque este asunto es inabarcable y manido por irresoluble: Si no estás “guapa” no eres follable y si no eres follable no tienes poder.  Y esto último es lo más inquietante: Poder… ¿Poder para qué?
Si desean salir del recinto ferial, no es necesario que corran, háganlo ordenadamente y no hablen con los niños, déjenlos en paz.

Lo llevo estupendamente.

La simetría existencial, el deportista, la activista, la otra activista, su hija travestida, y la que escribe, que pasaba por allí.

 

 

INM

 

Correr en una cinta es entusiasmante sólo si hay espectáculo cerca. “Espectáculo” es un ser humano que evidencia su actividad como deportista de élite, ejercitándose en la sala de pesas de cualquier gimnasio del mundo occidental.

Pasen y vean el rato que quieran cómo acciona toda su morfología un profesional: Músculos flexores radial, cubital y superior, empujados por un deltoides prodigiosamente coordinado a los movimientos de la mano, simulando la batida para el remate, principal gesto de ataque de un jugador de voleibol.

Es gratis, y lo mejor de todo, nadie se enterará de que ha estado observando, y por tanto no irá a la cárcel.

Ghoncheh Ghavami no llegó al show. Sólo alcanzó a tener la intención de ir a ver un partido de voleibol masculino en Teherán. Por tal pretensión pasará un año en la cárcel del mundo oriental.

Los conceptos nacen de la combinación entre el sistema cognitivo, la sociedad, y el pasado perceptivo de cada individuo. Concretamente, Lo correcto y lo incorrecto, por inabarcables e indómitos, se recogen en una morada ficticia denominada moral. Ante tal artificio el ser humano siente menos desasosiego y se anima a ponerle nombre a todo. Lo marca todo, lo delimita, lo recorta, lo impone como universal e incuestionable, lo legisla, y lo mete a patadas en la mente y comportamiento de los demás, para de esa manera creer que acaricia algo de control, algo de orden. Como si fuera un gato ronroneante.

Quizá sea ese el motivo por el cual han sometido a un ilimitado maltrato físico y psicológico a Azita Rafaat, por no hacer lo correcto (su idea de lo correcto). Está muy mal no dar hijos varones a la familia. Eso es indiscutible.

En algún momento, entre Humillación y Sublevación Azita sacudió el ideario propio y ajeno y decidió vestir a una de sus hijas como a un niño desde los 5 años. Considera que en un tiempo, cuando vuelva a su rol de niña, la experiencia le habrá convertido en “una mujer corajuda”. De su experiencia al experimento con la experiencia de su hija y tiro porque me toca.

Si atendemos al valor de las situaciones sólo por el contexto de nuestras vivencias, nuestra capacidad individual para categorizar, abstraer y generalizar se sistematiza, y normaliza situaciones, asimilando circunstancias cargadas de motivos personales, que germinan en comprometidas verdades absolutas.

Coexistimos, vulnerables ante un efecto dominó de reacciones y consecuencias que surgen de esta lucha ante la rigidez y la implantación de doctrinas, patrocinadas por el lenguaje y, perpetuadas por lo que a cada uno le da la real gana de imponer a los demás según su Yo, según su vivencia particular.

Desde la cinta de correr y de incógnito, lo llevo estupendamente.

 

La impaciencia, el coche que se cala, la valla publicitaria, y la que escribe, que pasaba por allí.

Al volante se sufre una chocante degeneración mental popular.

Te expones a toda clase de impactos cuando te desplazas. El trance comienza con el movimiento.

Que tu otorrinolaringólogo  te guarde y cure de la eclosión de tu tímpano como no hayas advertido que el semáforo ya está en verde. Si se tienen que meter contigo que sea con motivo, así que no costará mucho que se te cale el coche. Añade un terapeuta que borre con electroshock los dedos corazón levantados que te adelantan por ambos costados y carriles.

No sabes cómo pero has activado sin querer el limpiaparabrisas. No ayuda pero consuela: ya que estás le das al flis flis del agua. Quizá así lo veas todo más claro. Levantas la vista y ahí está, la que faltaba, Palabra de Valla Publicitaria:

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Hete aquí la falsa inocencia de la metáfora, la que ha anestesiado e insensibilizado al humor más sentido. Con ella tenemos que reírnos de todo, de hecho yo me troncho con las guerras del verano: Siria, Irak, Gaza, Colombia, Ucrania, Afganistán, Centro Comercial y encontrar antes que nadie los zapatos más baratos… me troncho, claro que sí.

Podéis pitar todo lo que queráis.

El carácter icónico y simbólico del lenguaje nos ayuda diluir barbaridades conceptuales. Quizá la capacidad de escabullirse de la literalidad sea un maravilloso mecanismo de defensa, pero esa evasión del sentido y del significado que nos aleja del impacto, a la vez, una vez más nos insensibiliza.

De esa manera se construye esta clase de argumentos de venta, tranquilamente, mientras millones de personas huyen con sus pies (no con su mente) despavoridas delante de los tanques y no detrás de las gangas.

Nosotros, creadores de significados, productores de congruencia (y de todo lo contrario), qué rápido olvidamos que con nuestras palabras forjamos patrones de comportamiento, permitiéndonos enlazar conceptos acogiéndonos a sagrado, ese retorcido ingenio que nos convierte en zombis lingüísticos. Hablamos por hablar, disparamos sin más. Nuestra metralleta léxica se orienta por la organización de nuestro ideario enconado.

A la guerra no se va ni aunque ganes. Ni a la santa, ni a la fría, ni a la de ondas ni a la de precios. No se va a la guerra ni en rebajas. Tampoco a la de espuma, acabas con los ojos en llamas por el jabón, y terminas inclinando la balanza: no compensa.
Todo lo que venga de una guerra, de cualquiera de sus variantes, es absolutamente inconveniente. Implica la existencia de un opresor y un oprimido, aunque se cambien los papeles y se turnen víctimas y verdugos, aunque la guerra sea de números.

Vivimos en el territorio del sentido. Podéis seguir pitando lo que queráis. Podéis ir en paz.

Lo llevo estupendamente.

Diego del martes (donde dije digo….)

Como muestra unos botones, pero hay muchos más, está de moda:



Se han pasado décadas trabajando un prototipo de belleza inasequible. Prototipo legitimizado que me encantaría saber bajo qué autoridad y baremos. Inasequible sencillamente por la maravillosa condición de la magia de la biología. Ella es la que se encarga de hacernos irrepetibles, va de serie, pero es la publicidad la que alude tal obviedad porque le conviene actualmente.

Atrapadas en nombre de la aceptación y bajo una estética asimilada, ajena, de otros, empezamos a diluirnos, a parecernos morbosamente. Nos aclimatamos a todo lo que escuchamos.

Ahora que ya vagábamos infectadas, con la voluntad desmayada, tratando de ayudarnos con pócimas diferentes para cada centímetro cuadrado del cuerpo y unas pautas de comportamiento diseñadas para agradar, aunque no nos agrade… Ahora, cuando casi casi estábamos adaptadas, cuando creíamos tener controlado el rasero de la belleza universal va y resulta, de repente, a golpe de inspiración de un creativo publicitario, que nuestra hermosura es primigenia, que ya somos bellas ¡que no hace falta aditivo alguno! (bueno, pavo y agua embotellada sí).
Todos los potingues, frustraciones, aspiraciones y derivados que cohabitan en cajones y armarios y sesera, ya no son más ni justos ni necesarios (bueno, pavo y agua embotellada sí). La melena rubia, la boca carnosa y rutilante que se consigue con una cosa que llaman “gloss”, el cuerpo firme y voluptuoso junto a los escotes ingrávidos, son tergiversaciones que hicimos, lo entendimos mal durante años, será posible, qué tontas…

Los medios de comunicación se han dado cuenta de que se venden más “tarros” rascando lo intangible, erizando pelos con mensajes sensacionalistas, para de ese modo alejarse del bajo latido de la autoestima que han ido labrando apestando a azufre.
Somos lo que somos, porque ya somos señera. Nuestra singularidad ahora ha de rebelarse contra lo estereotipado. Gracias por recordárnoslo.

Lo llevo estupendamente.