Apolo, Dioniso, la otredad, la mismidad, y la que escribe, que pasaba entre discusiones, naciones, o qué sé yo, si la culpa de todo la debe tener Nietzsche.

 

 

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La tensión entre Apolo y Dioniso resulta un lastre pegajoso tipo chicle entre los dedos.  Ese tira y afloja de la configuración identitaria, se ha dilatado e introducido en el ADN de los discursos mediáticos, políticos, sociales, coloquiales… Gracias, Nietzsche.

Apolo es el representante del control. Regula el equilibrio, la serenidad, la moderación y la verdad. Es el que crea los contornos y los define, el que construye, concentra y da unidad.  Dioniso es el otro poder, otro aspecto de la vida: el descontrol, la desmesura. Fue despedazado y volvió a recomponerse, pues la disgregación de toda unidad forma parte de su naturaleza. Ha sido niño y niña, también carnero, toro, león y pantera porque Dioniso es el triunfo de la pluralidad en uno mismo, de la alienación. Un dios libertino que finalmente la ideología patriarcal ha posicionado fuera de lo divino.

Convivimos y nos comunicamos con la influencia de estas dos divinidades. Día a día, en cada informativo, artículo, debate o discusión,  desde las personalidades de Apolo y Dioniso nos hablan y convencen. Nos provocan y cabrean con sus mundos opuestos, nos poseen, nos separan y nos colocamos en bandos.
Establecemos bandos por un mal enfoque de la dialéctica, colocando por defecto al otro en la oposición, en una absurda lucha constante. Desenchufados y soberbios, arrinconamos todo interés en atender y comprender otras realidades que, equivocadas o no resultan igual de legítimas.

Construimos a  través de diversos mecanismos psicológicos y sociales a ese individuo diferente que no forma parte de nuestra comunidad ideológica.  Creemos que la existencia del  “Otro” es ajena, por tanto, lo propio es mantener nuestra identidad ante él. Lo diferente suele ser aquello que atenta contra lo mismo, y sostiene en la base un sentimiento de temor frente a lo distinto.

Ante la otredad toca alzar banderas de la mismidad para consolidar la conservación de la identidad individual y colectiva, su memoria y la transmisión de ésta. En escasos segundos nos convertimos en agresores y agredidos. Somos los otros para los otros y viceversa. Agotador.

Los Otros son aquello que nunca fuimos, no somos y no seremos. Incluso representan lo que no queremos ser. No soy vidente, pero así no habrá quorum. Mientras las discusiones sigan ganándose o perdiéndose, articularemos argumentos para doblegar, herir o demostrar que sabemos más y cotizamos en bolsa con la verdad universal.

Nos conducen a ser Apolos o Dionisos y a posicionarnos, y no tenemos ni idea de cómo manejarlo, pues nos falta mucha información y ubicuidad. No podemos ir hacia las cosas si no es por medio de la palabra, así que dejemos de pelearnos y conversemos más para aprender más y conectar con ambos espíritus, aunándolos.

Apolo necesita de Dioniso para maniatarlo, y Dioniso necesita de Apolo para sobrepasarlo. Apolo siempre querrá colonizarnos y domarnos, porque nuestro Dioniso nunca será domesticado. Conciliar esas dos influencias y aprender a no favorecer a un dios prescindiendo del otro sería el ideal; y quizá posible, si en lugar de tirar de conocimientos que no tenemos, tirásemos de empatía, que en principio va de serie. Eres Apolo y también Dioniso varias veces al día: disfrútalo.
(Aunque personalmente, a mí, que me expulsen y me expatrien).
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