La portera, la actriz, la niña, el recinto ferial y la que escribe, que pasaba por allí.

maitenadepre11

Cuando por tercera semana consecutiva tu portera sigue insistiendo en que tienes cara de cansada, y coincide con la tercera semana consecutiva en la que te ha peinado un mono, no te has tapado las ojeras y te has vestido como si toda tu ropa yaciera dentro de un bombo… finalmente, sucumbes/contestas:

-No estoy cansada, sólo soy un poco más fea de lo que te había hecho creer durante todo este tiempo. Gracias.

Sales por la puerta y te lamentas: has vuelto a justificar el porqué de tu aspecto físico sin tener por qué; pero es que esto está montado así. Aunque te bajes de la noria sigues dentro de la feria.

Si eres mujer tendrás que dar explicaciones de los motivos por los cuales hoy tienes mala cara, si estás o no hinchada, si subiste o bajaste de peso, o mi favorita: si “te has arreglado” o “no te has arreglado”. Tanto si es por exceso como por defecto, si no llegas querrán saber por qué no has llegado, y si te pasas, chata, a saber qué andas buscando, seguro que tramas algo. Pues mira a veces sí, a veces no. El pintalabios rojo es mi tótem del mal.

Yo no sé si Uma tiene portera, (si la tiene no es tan cañera como la mía seguro) pero poco importa, como tampoco importa si era maquillaje, cirugía o brujería, o una mala foto la responsable de su apariencia inusual. Lo único cierto de todo este asunto, es que como todas las niñas, la Thurman, desde que empezó a codificar el lenguaje se ha dedicado a almacenar en su memoria continuas alusiones sobre su aspecto físico, vinieran o no a cuento.
Entender no lo entiendes mucho, sólo registras, lo normalizas y te condicionas para los restos. Casi nada.
Así es como empieza todo:

– Qué nena más guapa. Qué vestido más bonito. Qué buena eres. Qué guapa eres. Adiós nena guapa, sigue así de guapa y ¡también tus vestidos!

¿Qué ocurre adultos del mundo? Descubrís el fuego, la penicilina, internet, el vino tinto (gracias) y el recurrente sencillísimo y más que suficiente Hola, qué tal, cómo te va, resulta imposible de llevar a cabo ante cualquier fémina que no supere el metro diez.

Cuando superas el metro cincuenta, Guapa lo tienes grabado a lacre, así que no puedes defraudar a tu público, y sin haberlo pensado conscientemente ni una sola vez, un día descubres que en lugar de asearte, te “arreglas para” o “te arreglas porque” sin saber muy bien qué tienes desarreglado, o roto o estropeado.

Miren ustedes, a mí lo que me fastidia es que mi vecino sea imbécil, no que sea feo. Si es guapo mi vida no mejora, si es imbécil mi vida empeora seguro. Simple.

De todas las exigencias que se le demandan a una mujer, la más peligrosa, confusa, caótica y tramposa es la de ser y estar “guapa”, sencillamente porque esa belleza es un canon rígido e impuesto, bien lejano del equilibrio estético. Esa belleza está diseñada para generar placer a otros, y carecer de ella supone no obtener atención, perder tu trabajo o el prestigio (que se lo digan por ejemplo a todas las de las alfombras rojas).

Resumiendo, porque este asunto es inabarcable y manido por irresoluble: Si no estás “guapa” no eres follable y si no eres follable no tienes poder.  Y esto último es lo más inquietante: Poder… ¿Poder para qué?
Si desean salir del recinto ferial, no es necesario que corran, háganlo ordenadamente y no hablen con los niños, déjenlos en paz.

Lo llevo estupendamente.

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